miércoles, 1 de febrero de 2012

La aventura continúa

Una impetuosa tormenta estalla sobre Buenos Aires. Tal vez un augurio.
Sin embargo, nada me detendrá. Son muchos los misterios a develar. Iré una vez más tras los pasos de Libet.
Tengo la certeza de que la encontraré. Un sueño así me lo reveló.

Fue vista hace algunos meses en Lima, cerca de San Borja. Dicen que se gana la vida haciendo shows en cabarets de mala muerte. Muy pronto sabremos la verdad.

Parto a las tierras de Manko Qhápaq.


domingo, 14 de febrero de 2010

Final de la historia: amor, sensatez y las enseñanzas de la mitología.


Cuentan que Orfeo, perdió a su esposa Euridice el mismo día de la boda. La joven fue herida de muerte por una serpiente y el amor se vistió de luto antes de poder celebrarse. Orfeo, desesperado viajó a las profundidades del Reino de los Muertos y los amos de aquél inframundo (Perséfone y Hades) conmovidos por ese amor le conceden regresar a Euridice a la vida pero, había una condición (siempre hay una): ella lo seguiría en el camino de salida y él no debía darse vuelta para mirarla, porque si lo hacía, en ese mismo instante la perdería. Orfeo acepto la aparentemente sencilla condición impuesta por la pareja del Hades y comenzó a caminar seguido por su amada Euridice. Sin embargo ya a punto de salir al mundo de los humanos, se dio vuelta y la miró, Euridice entonces se desvaneció y nunca  más los amantes pudieron estar juntos.

Siempre me pregunté ¿Por qué Orfeo cometió semejante estupidez? ¿Por qué después de ir a buscarla al fondo mismo del infierno, sorteando muchos obstáculo y habiendo obtenido lo que nadie logra: volver a la vida a un muerto, por qué en semejante situación comete la gran estupidez al final, cuando ya faltaban pocos metros para salir de allí?

Hace muchos años que viajo buscando a Libet. Algunas veces estuve a punto de encontrarla y traerla conmigo. Soñé muchas veces con ese momento, así como en otros me desperté aterrorizado por las pesadillas donde ella nunca más aparecía. Mi viaje en busca de Libet ha estado plagado de sinsabores pero también ha estado guiado por la promesa del feliz reencuentro.

Libet, se ha desvanecido. De ella ya no hay más que algunas fragmentarias historias, cada vez menos testigos, y una memoria que también se desvanece. Tal vez yo la siga buscando, pero encontrarla es otra cosa. ¿Quién sabe?

Este diario de viaje ha llegado a su final, pero antes de despedirme me gustaría compartir una pequeña y sencilla opinión con ustedes: Yo creo que Orfeo cometió la gran estupidez de mirar a Euridice desobedeciendo la orden de Hades y Perséfone, simplemente porque estaba enamorado. Me lo imagino desbordante de felicidad al ver que había logrado traer de vuelta a su amada. Supongo que creía que ya en ese último tramo nada les pasaría. Tan feliz estaba que cantaba y tocaba la lira, y todo ya era casi una fiesta. Y sin embargo, embriagado de amor, la cagó. Cuántas veces hacemos los mismo!

El amor y la sensatez nunca se han llevado bien.

Fin.

domingo, 7 de febrero de 2010

Momento de decisión

Por las calles, en cada esquina, entre sueños, veo y escucho a Libet.
No sé qué hacer.
Tal como alguna vez cantamos, hoy me pregunto:
"Should I stay or should I go?"

Como Icaro sin alas.

Las órdenes que llegan desde Buenos Aires son precisas: "Abandonar la operación y regresar inmediatamente".
 El Alto Mando me lo ordena y desobedecer sería un suicidio. Sin el apoyo económico y logístico, y sobre todo, sin la voluntad política de que la misión continúe, esto es inviable.

Estoy aislado (como el Che en Bolivia). Atrapado en el laberinto, como Icaro, pero sin alas.

sábado, 6 de febrero de 2010

Festejando

Hoy es un día festivo, sin embargo esto no significa que festejemos haber logrado todo. Muchas cosas quedan por hacer, y tal vez es eso lo que se festeja.

viernes, 5 de febrero de 2010

Revelación, aquelarre en las viñas y salvación camino a Til Til

Anoche tuve un momento de revelación. Narraré lo sucedido del modo más objetivo posible. Iba yo caminando, mirando vidrieras cuando de repente un auto frena estrepitosamente en Catedral y Matucana. Bajan dos hombres fuertemente armados y me invitan a subir al vehículo (no hubo violencia física, hay que decir). Me trasladaron a las afueras de la ciudad (parecía una viña) y me dejaron en una sala muy confortable donde esperé bastante. Al rato y ante mi asombro, aparece el Dr. Chichí vestido con una tela color violeta a modo de túnica y la cabeza rapada; llevaba atado a una correa (como se lleva a los perros) al "Muñeco" Matías. El pobre "Muñeco" (que supo ser un gran actor y bailarín) estaba totalmente perdido, empastillado me imagino y creo que nunca me reconoció. Al Dr. Chichí, en cambio, se lo veía más joven y lúcido que de costumbre, como si hubiera extraído del jovenzuelo devenido can, toda la vitalidad perdida con el paso de los años.

- Como estás Chichí? (le pregunté).
Dígame Pancha (respondió secamente).

Comprendí entonces, que la lucidez que había percibido hacía unos minutos era ficticia y que Chichí estaba más loco que de costumbre. El "Muñeco" Matías empezó a ladrar y Chichí lo hizo callar alcanzándole una muñequita de plástico toda mordida.

- ¿Para qué me trajeron aquí? (pregunté).
- Quiero que dejei la weá de buscar a la Libet, cachai? (respondió).

Su tono falsamente chileno me hubiera causado risa en otra circusntancia, pero haber mencionado a Libet hacía todo muy serio.

- Eso no va a ser posible Chic... quiero decir, Pancha. No me iré sin Libet.

Chichí comenzó a aplaudir, como quien llama a otros, e inmediatamente aparecieron cinco enanos (tal vez los mismos que intentaron secuestrar el vuelo a Mendoza). Estaban vestidos de odaliscas y danzaban frenéticos mientras el "Muñeco" volvía a ladrar y Chichí cantaba en un extraño idioma.

En medio de esa especie de aquelarre, me escapé. Afuera de la casa, los guardias (antes armados), bailaban cueca entre ellos, semidesnudos y totalmente borrachos. Corriendo llegué a la autopista, donde un matrimonia que iba hacia Til Til me ayudó a volver a Santiago.

Ahora estoy seguro de que Libet está muy cerca.

jueves, 4 de febrero de 2010

Como adictos a las escondidas

Perdido. Como una madre desesperada que busca en los brazos de su hijo alguna marca que le indique si  (como dicen las vecinas) se inyecta mrihuana. Como los perros que dan vueltas por las calles de Valparaiso o de Pompeya. Desorientado. Así ando buscando en los lugares donde sospecho ella ya no está. Donde quizás nunca estuvo.

El Dr. Tebarkirton dice que debe estar en algún loquero. Los leales afirman que hay quienes la vieron por las calles de Santiago. Todos opinan, pero en esta hora, la única verdad es la realidad, y todo indica que ella ya no está aquí.

A veces me pregunto si Libet querrá que yo la encuentre. Imagino que me ve desde lejos y se ríe mientras se esconde una vez más, y así, mil veces escondida construye un juego que ya a ninguno de los dos nos divierte pero que no podemos abandonar.