Al comienzo Libet nos reunía a todos en su casa del barrio de Boedo (en Buenos Aires). En ese momento éramos un pequeño grupo, pero al poco tiempo la casa quedó chica y las reuniones se hacían en un local abandonado en San Telmo. El frío, la lluvia o el excesivo calor no eran nunca excusa para faltar a la cita.
Libet era increíblemente amable pero muy firme a la vez. Nos miraba con inmenso cariño mientras contaba historias, recitaba poemas y nos aconsejaba. Su mirada, por momentos algo triste, finalmente mostraba una gran fortaleza. La fortaleza de los desprotegidos. Su cabello negro brillaba en la noche y su voz nos acariciaba.
La última vez que la vimos nos dijo:
"Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua, y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.
Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,
no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado."
En pocas horas estaré en Valparaiso.
miércoles, 3 de febrero de 2010
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